Liberar tu corazón

13/3/25

¿No es la Cuaresma un tiempo maravilloso para que Dios encuentre su verdadero lugar en nuestras vidas, es decir... todo el lugar? Dios es un Dios celoso: lo quiere todo, y para ello quiere que seamos pobres... quiere convertirnos en mendigos que claman su amor. Por eso Cristo, como vemos en el Evangelio de la purificación del Templo, hecha a latigazos todo lo que es demasiado humano, todo lo que es demasiado «nosotros», los rebaños de bueyes y ovejas que nos estorban cuando intentamos rezar. Es una misericordia de despojo.

Y nosotros podemos cooperar en esta gran purificación interior. El Espíritu Santo nos deja a nosotros la tarea de hacer lo que podamos para purificar nuestros corazones, rectificar nuestras mentes y voluntades y hacer que nuestros cuerpos sean aptos para recibir la Eucaristía.

Pero, ¿cómo? Hay que adorar, es decir, ponerse radical y verdaderamente cara a cara con el amor del Padre que crea actualmente nuestra alma, del Hijo que nos ha salvado gratuitamente, del Espíritu Santo que renueva todo en nosotros. Siete veces al día, durante la Cuaresma, me detengo durante un breve tiempo, de rodillas si es posible; me pongo cara a cara con la acción « actual » de Dios en mí, comparada con la cual todo lo demás no es nada, aunque sea ruidoso y molesto. Acepto mi pequeñez, mi dependencia; me pongo enteramente en las manos de Dios, con confianza. Entonces, poco a poco, redescubro el sentido profundo de toda mi vida: creado y recreado por Dios, he sido hecho para volver a Él.

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