8/6/26

¿Cómo tener una mirada contemplativa sobre el misterio del Sagrado Corazón de Jesús, más allá del aspecto quizás un poco devocional con el que a menudo se asocia? Para descubrir a Dios tal como es y no tal como lo imaginamos, debemos beber de dos preciosas fuentes de pureza: la palabra de Dios acogida en su sentido literal más profundo, y la teología.
El mismo Cristo califica su corazón de manso y humilde. Y es justo antes de morir en la Cruz cuando revela su secreto al recitar el salmo 21, cuyo versículo 15 es sin duda la perla oculta: «Mi corazón, como cera, se derrite en mis entrañas». Un corazón que se derrite de amor por el Padre y por los hombres… Le corresponde luego al teólogo explicar esta curiosa analogía de la cera. Santo Tomás, con la inteligencia realista que le caracteriza, señala que la cera, por dura que fuera, se extiende hacia afuera cuando se derrite. Y el santo ofrece su luminosa interpretación: el tesoro de la Escritura, que estaba cerrado antes de la Pasión, se abre por fin. El misterio de Cristo muerto y resucitado, la herida del corazón, culmina cada versículo de la Escritura. Todo el Antiguo Testamento nos habla de la Redención, del Redentor y de su gran amor, ardiente, desbordante como la cera caliente. Cristo lo retoma todo, lo lleva todo a su plenitud. Los Padres que redactaron el Catecismo de la Iglesia Católica quedaron tan impresionados por la pertinencia del comentario de Santo Tomás que lo citan al respecto de la palabra de Dios, en el n.º 112.
Un corazón de Cordero que se entrega derritiéndose de amor y, al hacerlo, desvela el sentido de la Escritura… ¿Sabemos acoger la palabra de Dios como una palabra ardiente de amor, una palabra que irradia amor?